Un buen jefe no tendría por qué pensar que nada
funciona en su ausencia. Si nos vamos de vacaciones, seguro que los empleados estarán
haciendo el trabajo muy bien y como siempre en nuestra ausencia.
La realidad es que en
las organizaciones lo que es imprescindible realmente son los puestos de
trabajo y no las personas que los ocupamos. Otra
cosa muy distinta es que algunos trabajadores consigan hacerse imprescindibles
porque las organizaciones los permiten.
“Las vacaciones deberían ser el tiempo libre concedido a los empleados para
que recuerden que la empresa puede pasar y moverse con toda normalidad,
sin ellos.”
Sentirse imprescindibles es uno de los males de los jefes y de los
empleados que en muchas ocasiones puede incluso conducir al ridículo. La
pregunta que nos debemos hacer no es cómo puedo hacer para llegar a ser
absolutamente imprescindible, sino más bien cómo podemos afrontar el hecho de ser reemplazables.
Los
niveles más altos de la organización deberían monitorear e intervenir para
evitar que existan trabajos que dependan de una sola persona, que además puede
poner en peligro la estabilidad organizativa y el trabajo en equipo.
Ese es el motivo por el que las empresas están organizadas en sectores o departamentos, para que nadie sea imprescindible. Si una empresa se mueve por medio de personas imprescindibles, su futuro estará en riesgo.
El
supuesto sujeto “imprescindible” puede tener información a la que en un
principio solo pudiera acceder él, y no quisiese transmitírsela a ningún
trabajador más. Es por ello muy importante que el conocimiento esté diversificado entre varios compañeros para
así evitar este tipo de situaciones cuyo riesgo es elevado, sobre todo si esa
persona abandona la empresa y ese conocimiento es utilizado por la competencia.
Es por
ello importante saber motivar a los empleados, pero no llegar nunca al punto de
hacerles sentirse totalmente imprescindibles. De esta manera lograremos una mejor eficiencia organizativa.

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